El otro día me compré una camiseta banca, con letras azules, como los colores de la bandera de mi tierra. Honestidad y respeto. Curioso lema cuando me llegan al teléfono mensajes de Whatsapp manipulados por radicalismos torticeros.
A los desconocidos autores del mensaje de audio, mi mayor reproche. No bromees con la violencia. No digas que un teléfono para las víctimas de violencia de género es una discriminación insoportable para el varón, “porque resulta “de que” tu cuñada maltrató a tu hermano” y no te atendieron, en una broma de mal gusto que dice muy poco de ti y evidencia la ausencia de respeto que tienes a cada mujer muerta, a cada mujer maltratada.
Si fuéramos honestos todos sabríamos que es necesario acompañar a esas víctimas tan pronto como sea posible, ya que habitualmente viven en una situación de dependencia que hace inviable que salgan solas del infierno. La tolerancia cero con la violencia machista es más que un eslogan. Es algo que nos corresponde a todos, hombres y mujeres de buena voluntad. La afirmación de que existe una “guerra de sexos” porque existe un teléfono para las situaciones de maltrato es propaganda de lo más ruin.
No caigas en sus redes. Ni todos los hombres son machistas, ni tampoco podemos decir que el machismo se ha erradicado por completo.
Cada vez que un mensaje radical y sectario llegue a tus redes, bórralo. Y contesta: Honestidad y respeto. Por cierto, el uso de “resulta de que” en la grabación es la mayor prueba de una gran verdad: La lectura perjudica seriamente a la ignorancia.
Decía Eastman, desde su alma sioux, que el indio primigenio nunca dudó de la naturaleza inmortal del espíritu del hombre, pero tampoco se preocupó de especular su estado en una probable vida futura. Defendía que la idea de un feliz territorio de caza era prestada del hombre blanco. El indio primitivo se contentaba con creer que el espíritu, que el Gran Misterio insufló en el hombre, retorna a aquello que lo dio.
Es curioso como todas las culturas ancestrales sitúan en el aire, ese soplo, ese espíritu de la transcendencia. Somos nosotros los occidentales los que hemos de tener ordenada o clasificada, al menos en grado de probabilidad, nuestra vida futura. A otros le es suficiente el silencio, el tao, la unidad sin más, desnuda de todo orden.
La esposa, decía, en esa alabanza a la primigenia raza, no tomaba el nombre de su marido, ni entraba en su clan, los hijos pertenecían al clan de la madre…Todos los males del patriarcado los sitúa en la colonización del hombre blanco, soldado y comerciante, que les hizo caer en la bebida e insufló la idea de un marido despreciable, que comenzó a comprar y vender la virtud de su esposa e hija y cuando ella cayó, la raza cayó con ella.
Son duras palabras frente a nuestra cultura patriarcal, y tal vez afirmadas desde una visión idealizada de la vida anterior a la llegada del hombre blanco, pero no por duras no merecen nuestra consideración, la aceptación de la responsabilidad que nos corresponde y una mínima autocrítica. Hoy leía un artículo en el que se decía que un grupo de científicos de renombre tardaron seis años para que la sociedad científica les reconociera que muchos de los enterramientos prehistóricos revelaban que muchos túmulos venerados por su alto poder de cazadores correspondían a mujeres.
La dureza de las palabras del Génesis o Beresit, cada vez que se leen a una niña, “tu deseo será el del varón y él te dominará”, vienen a aperturar una brecha instalada en nuestro subconsciente desde demasiados años. ¿Y si hubiéramos leído la maldición divina al revés? De alguna manera se habían abierto los ojos al mal, con lo que el mal sería el deseo de dominación. Sin embargo, y para nuestro lamento, lo cierto es que dicha maldición que se afirmaba divina justificó muchas cosas despreciables y que, por otra parte, no dejaban de estar presentes en la cultura de aquella época, la mujer cosificada, la mujer gusano, la mujer prostituta lapidada, la mujer de menor inteligencia. La soberbia de este modelo de varón es infinita, por algo en el génesis le echó prácticamente la culpa a su mismísimo Dios: “la mujer que tú me diste…”
Pero la raíz, en realidad, no está en la división hombre/ mujer, un hombre no nace sino de una mujer y lleva sus genes, sino en la propia estructura de poder que revelaba dicho orden patriarcal, del que todavía alimentamos ciertos dogmas. Una estructura de poder negativa, tanto para la mujer, como para el hombre, siempre dador, proveedor, cazador, dominante y guerrero, que tanta lacra de división, sangre, muerte y ausencia nos ha traído durante tantos siglos. La mujer se encorsetó y también el hombre, y de alguna manera no hemos podido rehacernos. Esa estructura de poder sigue presente, laminando al más sensible, dando más poder al descarado, al que maneja las influencias en los pasillos, al arrogante, y menos al humilde. ¿Y cómo rescatarlo? ¿Cómo hacer que quien gobierne sea el mejor no el que más se deja ver y parece menos inofensivo para el líder? ¿Cómo hacer que el propósito común se sobreponga al ego?
Creo que en esta reestructuración tienen mucho que decir las mujeres, quienes por la atribución de roles han visto la vida desde otra perspectiva, y muchos hombres, los más, que no encajan en la arrogancia de dicha normatividad.
No soy profeta ni visionaria ni adivina, sino simplemente observo la notoria realidad que tenemos delante, y ello me lleva a comprender que esta estructura de poder está llegando a su final. Sujetó la sumisión del hombre y la mujer mediante el miedo y la violencia y, cuando la violencia no fue aceptada, por un sistema de valores materiales que ahora se cree capaz de retirar porque las cuentas ya no le son rentables. Lo que obvia es que esa retirada aboca a una grave crisis y que el propio instinto de supervivencia de los afectados/as llevará a confrontarla. La ambición rompe el saco o el recipiente. Y ahora, como recipientes rotos nos toca volver a reinventarnos, y quizá a dejar de esperar recibir, de esperar que nos digan lo que es correcto, para idear algo nuevo. No sé si mejor o peor, pero sin duda será algo nuevo. Espero, por el bien de todos, que sea mejor. De alguna forma tengo confianza. La humanidad siempre avanza.
Por eso me gustaría que este 8 de marzo fuera nuestro día, el día de la mujer, pero también el de los hombres, con los que compartimos el deseo de cambio hacia un mundo mejor.
Como diría nuestro amigo Sioux: mucho antes de oír hablar de Cristo aprendí de una mujer iletrada la esencia de la moralidad. Con ayuda de la amada naturaleza me enseñó cosas sencillas…percibí lo que es bondad. La civilización no me ha enseñado nada mejor.
Una reflexión más. Y perdonad, ya paro con las reflexiones…y vuelvo a la poesía…
Cualquier europeo del primer mundo, cuando visualiza el mapa de los casos de coronavirus, se hace una pregunta: ¿Por qué a mí? Esa pregunta no es mala en sí, si nos interrogamos para conocer los factores que están incidiendo en una exposición mayor en algunos lugares y podemos prevenir que no pase en otros; pero si la hacemos desde el victimismo, por qué a mí, si soy de un país más rico, tiene mejores hospitales y mejores medios, no nos lleva a ninguna parte. En el futuro conoceremos las causas de esa mayor propagación, sea a consecuencia de la mayor globalización, edad, menor inmunidad o simplemente parte de un proceso que acabará extendiéndose por todo el mundo. Pero, en mi opinión, es mejor olvidar la soberbia. Nosotros tenemos que aprender y mucho.
Llegará algún día que haya dosis de vacunas para todos o quizá un medicamento efectivo. Sin embargo, el coste de vidas, moral y económico será alto. Sería bueno preguntarnos cómo podríamos hacer que ese coste sea menor. Mientras esperamos a que la ciencia se tomé sus tiempos y aumente la producción de vacunas o se halle ese medicamento, sí podemos interrogarnos cómo podríamos elegir lo mejor, desde el punto de vista político y social.
Repasando las respuestas que se ofrecen desde diferentes ámbitos a esta encrucijada, me centraré en las respuestas religiosas o espirituales. Mi opinión personal es que no hay una exclusiva respuesta verdadera, sino caminos espirituales propios de diferentes culturas que, si los entendemos bien, todos confluyen en el mismo puerto. Hoy es habitual acudir, para indagar sobre consejos espirituales, a enseñanzas de religiones que, para nosotros, son más exóticas o desconocidas. Sin embargo, en esta ocasión, me gustaría escribir sobre la que nos es más cercana en el mundo occidental, y cuya sabiduría antigua muchas veces ignoramos.
Con el mayor respeto y sin ánimo de acritud, me aburren las respuestas que monjes, videntes y otros seres de todo tipo, ofrecen a la humanidad desde la religión en la que me he criado. Castigo, apocalipsis, Sodoma/Gomorra, flagelémonos y veremos si se salva alguien del decreto divino. A veces pienso que cuando Pablo de Tarso nos ofreció sus conocimientos se olvidó de explicarnos lo que, para él, quizá, era obvio: La raíz de esta creencia. Si repasamos la biblia, la divinidad, el eterno o el infinito, no favorece más (si se puede utilizar esa palabra) a quien más se flagela; sino a quien alcanza mayor confianza. Igualmente ofrece su sabiduría en dos conceptos que, quizá, hoy, nos sirvan para efectuar una reflexión más profunda: La confrontación y el odio imperfecto.
“Yo no crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto..” Esta afirmación de Jesús de Nazaret no se explica solo como una anticipación de los conflictos o persecuciones religiosas. Si entendemos que Jesús hablaba de la era mesiánica, debemos ahondar en el concepto, y plantearnos si dicha frase justamente dice lo contrario a lo que literalmente, a veces, entendemos. El rigor implacable del juicio no es la mejor salida. En suma, Jesús hablaba desde su propia tradición y estaría reflejando una sabiduría antigua sobre la raíz interior de la confrontación. Ese enfrentamiento de familias, tribus, ideologías o Estados, tiene su raíz en un reto personal y propio. El conflicto no ha de ser hacia el otro. Contrariamente, esa cruda espada es el reflejo de nuestras oscuridades. La confrontación nos invita a analizarnos desde dentro, para conocer por qué vemos en el otro solo un enemigo y nos provoca sufrimiento, desprecio o ira. La raíz de la confrontación está dentro.
Ante un conflicto, la mejor opción nunca sería enfrentarse gratuitamente al otro, desacreditarlo y terminar ahí, en la división permanente. Contrariamente ese conflicto debería ser un estímulo para ahondar en las razones que nos impiden comprendernos y llegar a un acuerdo. Entender que la falta de acuerdo no es solo un fracaso del otro, sino también un fracaso propio. Es decir, para superar la espada, tenemos que clavarla dentro, pero no para sufrir, sino para buscar el entendimiento.
Bonito mensaje que implica que, cuando odies, mírate primero a ti y pregúntate qué está sucediendo dentro.
El odio imperfecto y gratuito nos acerca al mensaje de la división. Un rabino, con el que no coincido en muchas cosas, explicaba en un live de YouTube el mensaje secreto que, para él, se encontraba en la enfermedad de la hermana de Moisés, sus causas y la posibilidad de su superación. La hermana de Moisés lo criticó por haberse divorciado, y luego enfermó. El rezo de Moisés la salvó. Identifiquemos ese rezo con la comprensión de las circunstancias del otro. La sabiduría reflejada en esa narración explica que la solución, ante circunstancias difíciles, no es el odio gratuito, sin conocer por qué una persona tomó una decisión u otra, incluso cuando creemos (y a veces no es cierto) que hace algo incorrecto, sino progresar en la unión y el entendimiento.
Si unimos estos dos conceptos espirituales, nos pueden dar una pauta del caos que vivimos en estos momentos. A menudo me perturban videos o mensajes de WhatsApp, que las personas difunden en cadena, para afianzarse en su odio al otro. Y ese reflejo social está también en nuestra política. Europa no puede superarse al no comprender y no confluir en un objetivo común. España no puede decidir lo mejor para todos desde el enfrentamiento. Este mensaje que encierra una sabiduría antigua, sin juzgar ni penetrar en su ámbito religioso, nos indica que la superación de una enfermedad, una crisis, o una circunstancia negativa, pasa por depurar nuestra confrontación y eliminar el odio gratuito. Los tiempos más difíciles pueden hacer que una comunidad responda de la forma más heroica. Pedir a los dirigentes (a todos y no solo a los que entendemos son contrarios a lo que pensamos) que terminen con la confrontación incorrecta es una obligación moral.
No terminaremos con el virus, pero si modificamos nuestra forma de enfrentarlo, en mi humilde y no siempre acertada opinión, quizá podamos amortiguar mejor su impacto.
Con el paso de los años, asumir las diferentes edades es a veces un reto. Y ese reto no es tener una piel de 18, un abono a las inyecciones de botox o cajas y cajas de suplementos alimenticios. No está nada mal preocuparse por mantenerse sano físicamente, al contrario, es algo bueno. El mantener una buena alimentación, hacer deporte, cuidarse, en suma, es cuestión de rutina. Algo que se aprende con unos hábitos más o menos sencillos. Sin embargo, en mi opinión, el verdadero reto que impone el avance de los años va más allá. Un sabio dijo que la mejor manera de conocer si estamos envejeciendo bien es evaluar si aumenta cada día nuestra capacidad de misericordia, nuestra empatía o entendimiento hacia los otros, y hacia nosotros mismos.
Siempre recordaré que, hace muchos años cuando todavía oficiaba bodas civiles, me correspondió casar a dos personas muy jóvenes. Era una boda humilde, con poca gente y pocos faustos, en la que la hermana menor se afanaba por sacarles las mejores fotografías desde todos los ángulos posibles. En el momento del beso, la hermana se acercó para sacarles una fotografía más cercana. Un hombre de avanzada edad, apoyado en un bastón y con expresión de enfado, se acercó también y pronunció esta frase: !Tantas fotografías! ¿para qué?, si esto no va a durar ni un año. Deja de hacer fotografías.
Le invité a que volviera a su lugar y guardara silencio. Me contuve, no hay razón para hacer aprecio y fastidiar más las cosas. Confieso que me hubiera gustado reprimirle severamente. No voy a defender aquí el matrimonio como la mejor forma de evidenciar un amor, no deja de ser un contrato, pero aunque sea un trámite eso no implica que no tenga significado para quien lo hace. Tiene que ser un instante feliz para sus protagonistas.
En ese momento tuve claro que, si la vida me permite llegar a tener la edad de aquel hombre, nunca sería así: alguien que va oscureciendo los días. Con el tiempo aprendes que lo que aporta amar no es tanto su duración, puede incluso durar instantes, sino la intensidad con la que se viven los momentos. Eso es lo bueno que nos llevamos. Esos jóvenes se divorciaron al año, cumpliendo la sentencia de su abuelo. No sabría decir cuánto contribuyó la negatividad con la que su familia se enfrentó a su unión, o si simplemente era lo que tenía que suceder. Pienso que si algo acaba terminando no significa que no fuera bueno al inicio y que debemos aprender a dar claridad a todos los momentos que compartimos.
Si llego a necesitar bastón, no me van a importar las arrugas de la cara o mi dificultad de movimientos. Lo que de verdad me importará es estar en la vida para dar claridad. El paso de los años, ya lo decía ese sabio, debe hacernos crecer en misericordia. Dar sin juzgar severamente, sin amargura, y poder recibir los rayos del sol en cada segundo.