Con el paso de los años, asumir las diferentes edades es a veces un reto. Y ese reto no es tener una piel de 18, un abono a las inyecciones de botox o cajas y cajas de suplementos alimenticios. No está nada mal preocuparse por mantenerse sano físicamente, al contrario, es algo bueno. El mantener una buena alimentación, hacer deporte, cuidarse, en suma, es cuestión de rutina. Algo que se aprende con unos hábitos más o menos sencillos. Sin embargo, en mi opinión, el verdadero reto que impone el avance de los años va más allá. Un sabio dijo que la mejor manera de conocer si estamos envejeciendo bien es evaluar si aumenta cada día nuestra capacidad de misericordia, nuestra empatía o entendimiento hacia los otros, y hacia nosotros mismos.

    Siempre recordaré que, hace muchos años cuando todavía oficiaba bodas civiles, me correspondió casar a dos personas muy jóvenes. Era una boda humilde, con poca gente y pocos faustos, en la que la hermana menor se afanaba por sacarles las mejores fotografías desde todos los ángulos posibles. En el momento del beso, la hermana se acercó para sacarles una fotografía más cercana. Un hombre de avanzada edad, apoyado en un bastón y con expresión de enfado, se acercó también y pronunció esta frase: !Tantas fotografías! ¿para qué?, si esto no va a durar ni un año. Deja de hacer fotografías.

Le invité a que volviera a su lugar y guardara silencio. Me contuve, no hay razón para hacer aprecio y fastidiar más las cosas. Confieso que me hubiera gustado reprimirle severamente. No voy a defender aquí el matrimonio como la mejor forma de evidenciar un amor, no deja de ser un contrato, pero aunque sea un trámite eso no implica que no tenga significado para quien lo hace. Tiene que ser un instante feliz para sus protagonistas.

   En ese momento tuve claro que, si la vida me permite llegar a tener la edad de aquel hombre, nunca sería así: alguien que va oscureciendo los días. Con el tiempo aprendes que lo que aporta amar no es tanto su duración, puede incluso durar instantes, sino la intensidad con la que se viven los momentos. Eso es lo bueno que nos llevamos. Esos jóvenes se divorciaron al año, cumpliendo la sentencia de su abuelo. No sabría decir cuánto contribuyó la negatividad con la que su familia se enfrentó a su unión, o si simplemente era lo que tenía que suceder. Pienso que si algo acaba terminando no significa que no fuera bueno al inicio y que debemos aprender a dar claridad a todos los momentos que compartimos.

  Si llego a necesitar bastón, no me van a importar las arrugas de la cara o mi dificultad de movimientos. Lo que de verdad me importará es estar en la vida para dar claridad. El paso de los años, ya lo decía ese sabio, debe hacernos crecer en misericordia. Dar sin juzgar severamente, sin amargura, y poder recibir los rayos del sol en cada segundo.

3 comentarios en “Reflexiones de media tarde: Envejecer bien es crecer en misericordia

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