4 de abril

Me gustaría prometerte un arco iris,

que ilumine tus días,

apalabrarte la esperanza,

en un contrato de versos musicados.

Sin embargo,

yo no puedo negar la oscuridad que nos visita,

y sucumbo, cada tarde, en el pánico

la ausencia de respiradores,

enfermos y un triaje

anunciado por la partida de nacimiento.

 

Me gustaría decirte que resistas,

que vendrán lunas y soles, y mañanas,

y volverá la cotidianidad de las caricias.

 

Sin embargo,

mis manos,

se sienten impotentes,

tropezando con el cristal de la mampara,

la protección que nos separa,

la máscara del miedo.

Y me desangro,

por no encontrar cordura en cada tarde.

No tengo el medicamento,

ni la vacuna,

que permita resucitar a nuestros muertos,

solo me queda rezar,

pedir clemencia

y que la diosa naturaleza nos ampare.

 

Te podría decir que este verano,

volverás a reír, tendrás amores,

desvestirás el alma y serás fuego,

en las hogueras de junio, en el solsticio.

 

Y ello será así,

sin duda.

Después de la tormenta, siempre amaina,

pero tendremos pérdidas,

demasiadas,

y todavía no puedo quitarme las lágrimas

que ya anidan de forma permanente

en la ventana.

 

Pudiera pedirte que te unas

al alarido de mis gritos,

las inclemencias de los inocentes

y que cuando esto termine,

no cierres tu ventana y  vuelvas a irte al bar,

como lo hacías ordinariamente,

te pido tengas presente,

que habrá alguien caído,

al que dar la mano,

alguien al que levantar,

alguien que sanar,

alguien que cuidar,

y ese es el lenguaje en que se imprime

la verdadera resistencia.

 

La verdadera resistencia…

ya lo veo,

nos daremos la mano y,

ese sí puede ser nuestro arco iris.

 

 

 

 

Muros

Los muros no son inexpugnables,

toda puerta cerrada tiene

una rendija,

para respirar aire fresco

y ver paisaje.

 

Tú quizá no lo creas,

basta solo cambiar la frase, 

para que ninguna barrera sea eterna,

siempre habrá una sonrisa

demoliendo,

las murallas del miedo.

 

La luz es rebelde,

inexorable,

todos los días  amanece,

destronando,

el dominio de las sombras

Es suyo

Se levantó con una sensación extraña. No se le iba de la cabeza una idea absurda: Alguien había robado parte de su identidad y hoy se la devolverían. Se fue, inmediatamente, a mirarse al espejo. Era ella, sin duda, sus manos, su pelo, esas arrugas en el entrecejo. Era su casa, su armario, su baño, todo estaba igual ¿Y entonces qué era lo que no encajaba?

Se sirvió un café doble muy caliente y decidió olvidarse de ese absurdo pensamiento. Era un bonito sábado de mayo. Un paseo no le vendría nada mal. La calle de siempre, el portal de siempre, los vecinos de siempre. Todo igual. Le saludaban sin advertir nada extraño. Está todo bien, se decía sin cesar.

Pero como la intuición a veces nos alerta, lucía recordó una escena de hace muchos años. Una vieja, vestida de negro y de aspecto desagradable, le había pedido todo el dinero que portaba para hacer un ritual que le aseguraría- eso le dijo- su felicidad. Lucía obviamente se negó, y se dio la vuelta, mientras la vieja le maldecía.

Un cortejo fúnebre se acerca. La curiosidad le hace entrar en lo que parece un tanatorio. Allí, en una de las salas hay muchas personas pero sorprendentemente celebrando la muerte y no llorándola. Sobre un ataúd la fotografía de aquella vieja. Se acabó la maldición, decían.

Pasa, pasa, le dijo un niño de cabello rubio rizado de unos ocho años de edad, a mi me tocó todavía niño, tú has tenido que esperar un poco más.

Fuego. Llamas. Se desintegra el ataúd. Todos aplaudiendo. Lucía no da crédito a lo que ve con sus propios ojos.

De nuevo está en la calle, ya no hay cortejo fúnebre, ni ataúd, ni tanatorio, ni personas aplaudiendo. Lucía se vuelve a frotar los ojos ¿Pero dónde está ahora todo esto? Me estoy volviendo loca, pensaba, mientras al alzar la vista vislumbra como en un cartel publicitario, el mismo niño rubio, ahora muy sonriente, sujeta una pancarta entre sus manos: “Hoy comienza una nueva vida”

Con esa frase en la mente, sigue paseando, con una luz diferente en su mirada.

Te brillan mucho los ojos, le dijo un transeúnte desconocido. Por supuesto, contestó Lucía, “hoy comienzo una nueva vida”.

 

 

PD: No te quedes con lo negativo que te transmiten otros. Devuélveselo, es suyo y no tuyo.

 

Reflexiones de media tarde: Las puertas

       Nunca hay tiempos fáciles. La vida no es un traje a medida. Tiene baches, acantilados, desconciertos y alegrías. Os propongo un juego, pensad que leéis el horóscopo en una revista de variedades y dice algo así como que tenéis un futuro de gran éxito, pero para llegar, debéis superar una prueba, hay varias puertas y solo tenéis una llave. Si adivináis cuál es la vuestra, entraréis en vuestro mundo maravilloso, si no lo adivináis, perderéis la llave para siempre. Aunque estoy convencida de que ninguno creéis a ciencia cierta en estas cosas, ojo, que algo de inquietud generan. ¿Cómo voy a adivinar la puerta? ¿Y si no lo hago? ¿Y si fracaso? Vaya sensación agridulce, pero de alguna manera, más habitual que menos en muchos aspectos de nuestra vida. Cuando nos enfrentamos al futuro, acabamos pensando en ese “Y sí…”, que lleva impresa una palabra: Miedo.

         Pero ¿Por qué tienes miedo? Muchas veces se te cae el mundo encima, a mi también. Piensas que otros consiguen cosas fácilmente y a ti te cuestan mucho, yo también. Dudas de tus capacidades para realizar algún proyecto, yo también. Se te cierra una puerta tras otra, y crees que nunca existirá la tuya, a mí también. No eres feliz todo el tiempo, yo tampoco. Sería una estupidez ser feliz a todas horas, ya que hay tragos amargos, que duelen y socavan. Esta es una sociedad descarnada, pero ¿Y si te deja de importar no encontrar la llave? No hay que ser agorero para saber que los escenarios cambian y las puertas también. Hace tiempo que he dejado de buscar mi puerta. Ahora simplemente disfruto del paisaje de esta primavera y no pretendo encontrar  un talismán o ese tan llamado el éxito, porque el verdadero talismán y el verdadero éxito somos nosotros mismos. Curiosamente no teniendo miedo, se aprende a arriesgar y a ganar.

       Si la vida es una carrera de fondo, no hay porqué darse por vencido en ninguna etapa.

 

Fortaleza

Después de una gran batalla interior, siempre habrá un amanecer en la mirada.

Cuando la noche comienza  

                                                 desasida

de toda barandilla que recubra

                                                    su silencio,

 el insomnio es ajeno al claro de la luna,

y tú,

ese ser desnudo,

sin estampa que lo proteja

                                          inexorablemente

del insistente periplo entre las sombras,

Los argumentos se nos entrecruzan

para disimular sus desaciertos,

                                              es el delirio,

de la mente traicionera que te ofrece

las rebajas del sol para calmarte.

Cuando las bocas están llenas de palabras

se pegan a la ropa,

 se llevan a rastras,

carcomidas,

en la gangrena de la esperanza,

No te digas, no te llores,

no te pienses , no reclames

toparte en las esquinas

con un salvador de baratijas.

Respira hondo, pues,

entierra los desechos de tu porte,

sobrevolándote,

levitándote,

abrazándote,

en la comprensión de que desde ese momento,

el cielo ya no callará para tenerte,

pero tampoco el infierno querrá arrebatarte tu vestido.

Vía lactea

La leche materna

fluyendo,

despiadamente apartada,

en la siempre constante tragedia mitológica.

Ella,

la columna dorsal del universo,

el camino,

que lleva a la tumba del oeste,

la luz que ilumina el árbol desde el sur

y acuna el nacimiento de la luna.

Los mensajes

que el tiempo nos deja sobre los hombros

no son tan grandes

como el espiral que protege nuestra vida.

Delfos

El cántaro a la fuente,

allí Castalia,

entre el barranco de rocas de Parnaso,

con su promesa de frutos venideros.

 

La piedra en el camino,

el cántaro en pedazos,

que se clavan

como cuchillos encendidos

infartando el desacierto.

 

Una angina insistente

y reiterada,

mi cuerpo en neumotórax,

ya no importan,

mis ojos caídos,

la falta de aliento

ni aquella fotografía que dibujaba

mi cintura en primavera.

 

Yo, viajera de nubes

no sé cómo expresarme,

y voy corriendo

en la búsqueda

de un espacio vacuo,

entre los laureles.

 

El bosque se revela alegoría

de mis manos, temblorosas

agitadas,

sobre la cerámica quebrada,

rebuscando tus pasos.

 

Las musas y las ninfas se entretienen

ajenas a mi huida bulliciosa.

Si tu padre es un rio,

es complicado,

no ser cascada en tormento,

correntía,

colapsando el ritmo de la lira.

 

Delfos me detiene

y me responde:

No busques la razón,

donde el dolor asienta

el escenario del invierno.

 

El daño se presenta traicionero

pero hay puertas abiertas,

tras el laberinto de cometas.