Reflexiones al borde del pijama

                     Hoy mi reflexión va para los “Virtual Worlds”.  He tenido una conversación sobre ellos que me ha dejado un poco pensativa, porque de lo que está sucediendo a quedarnos sentados con unas gafas multidimensionales, viviendo una vida por encargo, no hay tanta distancia, que no hay.

                 Los mundos virtuales son algo como que tú puedes ser un individuo pusilánime y temeroso, y ale, en el “Counter strike world” eres un descarnado asesino. Efectivamente puedes ser granjero sin granja, amante, adorable esposa, ladrón de bancos, pirata, estratega, reina,  algún personaje histórico. Solo hace falta elegir el juego que más te interesa. El plan está servido, o así lo parece. Te conectas on line y formas una nueva constelación de redes virtuales para inocularte la memoria colectiva.

                    Si eso ya, a algunas o algunos nos da que pensar, por eso de que “pisar firme” en la tierra tiene sus ventajas, pues no es todo, amigos y amigas, no. Tras ello hay también un mercado, en el que puedo pagar por tener- que no tengo- armas virtuales carísimas (no se me ocurre para qué) o joyas para regalar o quizás la decoración de mi mansión virtual. Existen pujas, tráfico de objetos, apuestas, dinero de verdad, negocio, mercado, expeculación, alrededor de todos estos mundos. Algunos hacen dinero con esto.

                   ¿Y qué hay de malo? ¿Si es virtual no hace daño? No sé, ante esto de verdad, yo no daría una respuesta tan clara.  Pensando que miles de menores se asoman cada día a estas redes virtuales, permitidme que ponga en duda qué endiablado mundo estamos creando.

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Sueño

 

No siempre fue ella

en blanca tez

sobre la curva de sus identidades

desconcertando al agua

en las coordenadas de los sueños

 

No siempre fue él

incorporándose

salvaje melodía siempre inquieta

entre los rostros que todavía restan

 

 

Dime, tú, si tú pudieras

comprender las dimensiones

de la dama que nace sobre el lago,

si tus ojos,

hubieran amanecido tecleando

sus inspiraciones,

si tú fueras,

aquel a quien  busca el mensajero,

quizás,

ya hubieras tenido este sueño

Indicios

    Día ocho de diciembre. Un día apropiado para poner el belén. Así lo pensó Marta, quien bajó al sótano de su vivienda, donde se ubicaba el trastero, a fin coger las cajas donde guardaba las figuritas navideñas. Abrió la puerta del garaje y un rastro de gotas rojas impresionadas sobre el suelo de cemento. Por Dios, que no sea sangre, se decía. Era realmente desconcertante. Miró alrededor pero no observó nada extraño, así que se dirigió a la puerta de su trastero para coger las cajas que buscaba.

    Había colocado el tablero y un dibujo de estrellas. Todo preparado para comenzar a poner el musgo, hacer los caminos, el rio, poner el puente. Pero al abrir la primera caja, cuál fue su sorpresa, cuando lo primero que vio, fue un cuchillo. ¡Un cuchillo! y de grandes dimensiones, de unos 27 centímetros de hoja- Menudo escalofrío. No era suyo, no, no, no era suyo.

    Lo inspeccionó y no tenía rastro de sangre, pero aun así, no podía sacarse la imagen de las manchas rojas sobre el cemento. ¿Iría a la Policía? ¿Y si era sangre de verdad? ¿Le inculparían? El cuchillo estaba en sus cajas.

    Cariño, no te habrás acordado y será algún cuchillo que tendríamos, lo dejaste olvidado tras recoger las cosas de navidad. El año pasado guardábamos un jamón en el sótano, pudo ser eso.

     Las explicaciones de su marido sonaban bien. Era eso. Seguro. Menuda tontería.

      Esa misma tarde en la televisión vio a Javier, un vecino suyo. Sí,  un hombre tripón, de bigote pelirrojo, siempre sonriente. Y ahí estaba detenido, según decían, por asesinar a una joven de tez clara y pelo moreno que en la fotografía parecía feliz. Javier negaba todos los hechos, aunque el cuerpo, mutilado, había aparecido en su trastero. Volvió a sentir un gran escalofrío. ¿El cuchillo?

      Asustada, llamó a la policía, y efectivamente pasadas las pruebas correspondientes, el cuchillo tenía rastro de sangre. Quedaba pendiente el ADN para ya saber con certeza si era el cuchillo del asesinato. ¡Qué horror! ¿Cómo pudo aparecer el cuchillo en su caja? ¿Pudo forzar la llave del trastero? Era fácil, la policía dijo que era sencillo abrir esos trasteros.

       ¿Y si fuera al revés? Mientras Marta observaba a su marido, volvió a sentir un tremendo escalofrío.