Reflexiones al borde del pijama

                     Hoy mi reflexión va para los “Virtual Worlds”.  He tenido una conversación sobre ellos que me ha dejado un poco pensativa, porque de lo que está sucediendo a quedarnos sentados con unas gafas multidimensionales, viviendo una vida por encargo, no hay tanta distancia, que no hay.

                 Los mundos virtuales son algo como que tú puedes ser un individuo pusilánime y temeroso, y ale, en el “Counter strike world” eres un descarnado asesino. Efectivamente puedes ser granjero sin granja, amante, adorable esposa, ladrón de bancos, pirata, estratega, reina,  algún personaje histórico. Solo hace falta elegir el juego que más te interesa. El plan está servido, o así lo parece. Te conectas on line y formas una nueva constelación de redes virtuales para inocularte la memoria colectiva.

                    Si eso ya, a algunas o algunos nos da que pensar, por eso de que “pisar firme” en la tierra tiene sus ventajas, pues no es todo, amigos y amigas, no. Tras ello hay también un mercado, en el que puedo pagar por tener- que no tengo- armas virtuales carísimas (no se me ocurre para qué) o joyas para regalar o quizás la decoración de mi mansión virtual. Existen pujas, tráfico de objetos, apuestas, dinero de verdad, negocio, mercado, expeculación, alrededor de todos estos mundos. Algunos hacen dinero con esto.

                   ¿Y qué hay de malo? ¿Si es virtual no hace daño? No sé, ante esto de verdad, yo no daría una respuesta tan clara.  Pensando que miles de menores se asoman cada día a estas redes virtuales, permitidme que ponga en duda qué endiablado mundo estamos creando.

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9 Comentarios

  1. Vivir vidas virtuales para satisfacer la real es como una imaginación de alquiler. Una especie de droga tecnológica que puede crear una dependendia y serios problemas mentales.
    Habrá que ver como evoluciona todo esto y tener cuidado de acabar siendo una virtualización de nosotros mismos.

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  2. Querida Pilar: Descubro que me gustan tus “Reflexiones al borde del pijama”. Me permiten un ejercicio intelectual cuando mi cuerpo dice que ya he dormido bastante; aunque, como se comprende, yo no estoy al borde, estoy inmerso.
    Y ahora voy al grano.
    Cada cuento que leía en mi niñez me convertía en el Capitán Trueno, o en el Jabato, también en Pedrín, o un poco más adelante en Superman, Batman o Rayo Verde.
    Con la espada de madera que me fabricaba con una rama, bien recta, elegida con esmero en los árboles del río, (como sabes, ya no hay; árboles, digo), y una tapa de un bote de tomate que hacía las veces de “guarda” me convertía, por unas horas, en Corto Maltés o Hernán Cortés a bordo de un barco allende esos mares (en realidad era una montaña de leña que se quemaba por San Antón).
    Te cuento esto, querida Pilar, para dejar claro que los mundos virtuales no son nuevos.
    Lo que los nuevos tiempos nos han traído, es la facilidad para que cualquiera se sumerja en otra realidad sin esfuerzo intelectual ni físico alguno.
    Además, esa virtualidad moderna, no la fabrica el que la consume, sino alguien al otro lado de un teclado y una tableta de dibujo que además, vive de ello y bien.
    Pienso que, como todos los inventos, esto de la virtualidad tiene sus usos buenos y malos.
    Buenos son, por ejemplo, los programas virtuales que se usan para la enseñanza: pilotaje de aviones, uso de herramientas médicas, etc.
    Y malos, pues no lo sé. En malos los convierte aquel que abusa de ellos y vive una vida ajena.
    Lo que ocurre, es que es tan alta la calidad de lo fabricado que es muy fácil engancharse a las propuestas virtuales que nos acosan; no te digo nada si el consumidor no está, intelectualmente, bien formado, para éste puede ser adictivo.
    Concluyendo: ¿es mala la realidad virtual? Pués depende. Si esa virtualidad se convierte en tu realidad, no creo que sea algo que beneficie al que la consuma. Pero esto ocurre con todos los excesos que a lo largo de la vida cometemos.
    Quede claro que sigo prefiriendo, aunque ya no quede bien, convertirme en el libertador de la Princesa Sigrid retenida en algún serrallo morisco, leyendo las aventuras de su amado, que ponerme un artilugio virtual sobre los ojos y dejar que otros dibujen esas aventuras para mí.
    Sigue bien querida.

    Matías Chacón

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