13 de abril, por tu beso ausente

             Decía, hace ya dos años, en un Alfabeto para amarse, que amar es despertar el aroma de la risa. Amarse es despertar en una aurora permanente de alegría, porque el amor ríe y se alimenta de sonrisas.

          Hoy día del beso, imaginemos aquel que daremos cuando podamos ver a nuestro amigo/a, nuestro padre o madre, nuestro abuelo o abuela, nuestros hijos o hijas que están fuera. Todos tenemos en mente a alguien que nos falta y que queremos abrazar y besar.

      Mandemos ese beso al aire, porque hoy, la brisa cómplice, lo hará llegar a sus mejillas.

      En la imagen el poema “Besarte” de mi poemario un alfabeto para amarse.

 

Reflexiones intermedias: El desprecio a la verdad

 

      El desprecio a la verdad

 

                    Ya sé, me van a decir eso de que “hay tantas verdades como personas, puntos de vista o impresiones sobre una misma situación”, y si bien ello es así, en cuanto a nuestra percepción subjetiva, no lo es con respecto a elementos susceptibles de comprobación y ajenos a las impresiones personales. Si en un cuarto hay una mesa o dos, algo contrastable, tangible, apreciable a simple vista, no debe relativizarse, menos negarse, cerrar los ojos a la evidencia diciendo que da igual que exista una mesa o dos y que lo importante es el sentimiento o mi emoción al apreciarla.

               Cuando el posmodernismo tardío se mimetizó con la impulsividad propia de las redes y la desinformación de la comunicación de masas, transmutó aquello de la construcción del yo y la verdad, en mero un juego de palabras. El papel, y mucho más twitter, todo lo aguanta, escribamos lo que escribamos.

             Si ya la ausencia de memoria, la relativización de la verdad, llevaba a una cierta laxitud en la exigencia de los contenidos, hemos ido avanzando, no sin mi estupor, al total desprecio de la realidad. Y una cosa señores es que yo no pueda ver la realidad tal cual sería en el universo cuántico, es decir mis ojos no vean las partículas, sino la masa que forma una mesa, y otra que niegue que la mesa exista, aunque la esté viendo.

          En estos tiempos en los que estamos confinados, los bulos se transmiten sin cesar, sin que a nadie le sorprenda ni le importe. Al final decidimos que da igual que ello haya pasado, que alguien haya manipulado la autoría de unos versos, que otros se hayan inventado lo que un determinado médico ha dicho o hayan puesto en riesgo a la población contando una serie de remedios peligrosos para la salud. Podemos, incluso, iniciar una escalada hacia mayores desprecios a la verdad, con consecuencias cada vez más peligrosas y nefastas.

                Nadie puede excusar su responsabilidad en negar la verdad. Si ya despreciamos ese valor tan básico, vamos directos a ser cobayas de las mayores manipulaciones, y estas no serán tan inocentes como las de un troll diablillo que se ríe de nosotros atribuyendo un poema de dudosa calidad a un autor reconocido.

            Para creer que nos haremos mejores tras el confinamiento, que transformaremos la sociedad en ese maravilloso “mundo mejor”, los valores  de cuidado, el respeto a la naturaleza y toda esa retahíla de buenos propósitos para la vuelta a la normalidad, empecemos por lo más básico: La verdad. El respeto a la verdad.

           Y pensemos que hay que mirar al sol, pero no dar la espalda a la tormenta.