Miguel tenía las manos arrugadas, tanto que, si te fijases solamente en ellas, afirmarías que se trata de un anciano. Sin embargo, su expresión facial era suave, su rostro terso, sin apenas arrugas. Le mirabas a los ojos y parecía un niño. En realidad, ya había cumplido los 70. Vestía de forma muy extraña y siempre portaba un amuleto de un sol. En el pueblo todos decían que se había vuelto loco, que había tomado esto y aquello, participado en sectas y sociedades secretas. Los lenguaraces siempre tienen mucha imaginación. En ello les va su negocio.

  No me gustaba ir al pueblo. Sus gentes solo sabían hablar de lo que había ocurrido a otras. Únicamente cambiaban de tema cuando querían advertirte de algo negativo. Pasara lo que pasara, todo era para mal. Que si te iba a salir mal el negocio que proyectabas, si no ibas a aprobar tal examen, si ese novio no era el mejor para ti…Todo mal.

  Viernes Santo y con una niebla densa. Un día intensamente plomizo, de suelo extremadamente gris. No podía aguantar otra advertencia de mi tía, así que salí a la calle, por pura necesidad de respirar y no escuchar nada tóxico.

  Miguel estaba sentado en un banco, mirando al río. Sus ojos parecían absortos en el discurrir del agua.

   — Siéntate aquí, María.

   —¿Yo?

   —Sí, quiero contarte algo.

    Me senté a su lado y una extraña sensación se apoderó de mí. ¿No sería un psicópata? No lo conocía. Todo el mundo decía que estaba mal.

    —María te conozco desde pequeña. Tengo que contarte algo. Ya sabes que yo he vivido mucho. He intentado buscar a Dios en todas partes. Pasé del catolicismo a la nueva era, de la nueva era a la kabbalah, de la kabbalah al sufismo, del sufismo al sincretismo…Todos los caminos que se podían recorrer los seguí y no lo encontré, salvo ahí, en el agua.

     —¿En el agua?

     —Sí, María, en el agua. Sobrevolándola. ¿No lo ves?

     —Me temo que yo no veo nada.

      —Cada uno ha de tomarse su tiempo y su búsqueda. María, queda poco tiempo, poco tiempo…

     —¿Poco tiempo?

     —Para asumir el pacto. Hay que sellarlo

     —¿Qué pacto?

     —El cuarto pacto. Las tablas de la ley han desordenado sus letras. Ahora es tiempo de hacer una torre.

     —¿Una torre?, ¿Cómo la torre de babel? Eso no le gustó a tu Dios, eso era un desafío contra él.

    — No, María, esto es distinto, es una torre para la unión. El cuarto pacto, es la conexión entre todas las palabras buenas. Todas las letras están dispuestas a reunirse, para formar palabras buenas. Todos debemos aprender a hablarlas.

    —¿Y qué es una palabra buena?

   —María, no pensé me harías esa pregunta. ¿Qué va a ser? Aquellas que nos unen, nos conectan y nos hacen ser conscientes de la realidad de los otros. Esas son las palabras buenas.

Tras esta breve conversación con Miguel, pensé que quizá era cierto que estaba loco, como decían las gentes del pueblo. Sin embargo, esa misma noche soñé con una torre tan alta, que formaba escaleras de palabras buenas, para conectarnos entre todos. Quizá Miguel no estaba loco, quizá tenía razón y la única forma de mejorar este planeta desbocado, es comenzar a inundarlo de palabras buenas.

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