Reflexiones al borde del pijama

                 Seguramente escribo esto porque soy una antigua, tanto que corro el riesgo de ser “desclasificada”, y ya pido perdón de antemano a todos aquellos a los que pudiera ofender, en este su amor a  las redes sociales. Hoy he leído en un artículo que influencer podría convertirse en un oficio, no excepcional, sino tan normal,  como ser panadero. Pues bien, me quedo con el pan. Lo tengo bien decidido.

           Si  carisma es ese conjunto de talentos que hacen a una persona atrayente a los  los demás  porque  saben escuchar, te implican, hablan de nosotros, son capaces de contagiar entusiasmo;  los influencer ofrecen una realidad bien diferente, alejada de ese nosotros y de ese escuchar, ya que son seguidos, contrariamente, porque exhiben un mundo idílico o de lujo,  ese mundo ideal que admiran sus seguidores.  En verdad lo que pudo aproximarse en principio a su realidad, pasa a ser un oficio, un modelaje de una vida no tan real. Hacen deporte, sin hacerlo (para una foto); van de compras (pactadas), ponen una frase bonita y un pijama, que genera esa apacible sensación de hogar y luego se lanzan al somnífero.  Ay, detrás de las bambalinas, otro mundo hallarás.

      Una joven poeta me decía “una chica pobre difícilmente será influencer. Cómo lo va a ser con ropa barata. Eso a la gente no le gusta, la gente quiere lujo, una vida perfecta, de cuento, que sigue en las redes como inalcanzable “. Bendito Branding y bendito Instagram,  crea paradojas irreconciliables, tan complejas que merece una teoría de sistemas. Una marca de lujo contrata una influencer a la que la siguen millones de seguidores, de  los cuales muchos- por no decir la mayor parte- difícilmente tendrán acceso a sus productos,  aunque los admirarán y mucho.  Se presenta como logro del marketing, una técnica revolucionaria, en un mundo en el que ya nada se hace sin las redes. Será importante, no lo dudo, eso de crear estado o  crear marca, pero sabéis que os digo, que yo me quedo con el pan y con el carisma.

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21 Comentarios

  1. Disiento de ti Pilar.
    Como en todos los oficios, también entre los panaderos, hay buenos y malos profesionales,
    No se escapa a esta verdad, el nuevo de “influencer” (que palabro).
    Desde siempre, el ser humano ha estado influido por personas que, aparentemente, saben o conocen más de un asunto que nosotros, verbigracia: el dependiente al que pedimos consejo sobre un objeto determinado -¿es éste mejor que aquel?- o al peluquero de turno -córtamelo como tu veas; tú entiendes más-. No te digo nada si el consejo pedido es a un renombrado profesional de cualquier actividad que consideramos de superior conocimiento: abogados, financieros, médicos y otros. Entonces, las palabras de estos “influencers” (otra vez) nos parecen sagradas, aunque, demostrado está: preferentes, sentencias, etc., que también se equivocan y con mucha frecuencia.
    Por lo tanto, no es el concepto sino la importancia que nosotros concedemos a los que nos tratan de influir.
    Es evidente que a este nuevo oficio de consejero en la red, se han apuntado buenos y malos profesionales. Y he de reconocer, en tu favor, que proliferan más los últimos que los primeros; y que además la mayoría son banales.
    Pero es el signo de los tiempos.
    Sigue bien, querida Pilar, y perdona por lo extenso.
    Matías Chacón

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