Una particular reseña

La poesía está en todas partes, en la Academia, en los bares, en las plazas y quizá en los ojos de aquel muchacho que insiste en hacer volar su cometa, al menos, una vez, aunque no sople el viento.

      Hoy en el tren he leído el libro de Carlos Salem, aquel en el que se pide amablemente que se muera, que me llegó a través de Boadicea, y supongo que le alegrará saber que me hizo pensar, y mucho, desde el primer poema. Es cierto, quizá, todos tenemos algo de dinamiteros encapsulados, con riesgo alto de explosión cual bomba de racimo.

        Me gustó. Incluso le hice un poema, mentalmente caminando hacia la estación de Atocha, y que lamentablemente se esfumó por la debilidad de mi memoria, tan pronto daba sorbos a una taza de té verde, observando como un japonés mezclaba el café con leche con coca-cola y desayunaba un bocadillo de atún con pimientos.

       La rebeldía de nuestras propias sombras va degollando la vida, poco a poco, casi sin sangre, imperceptiblemente. En esa desnudez meditada y siempre maquillando la acidez que deja conocer la aspereza del esparto, se pierde, como siempre, bajo el sol de una cintura buscando su propia diosa. No hay más autoridad que la propia sombra, ni nos jueces, ni vos la policía, puede con la sentencia de uno mismo, cabalgando la vida. He visto al poeta, en las frases que mascullan vida, transitando sensaciones y ofreciéndome, en el comienzo de una mañana de trabajo, la definición de amor más bonita que he leído hace tiempo: “el amor es un patio de juegos sin relojes”

       Tropiezo con mis propios pies en esta estrechez de los asientos, clavando literalmente los tacones en el suelo, para sostener la tableta. Nunca elijo bien el asiento que prefiero.

        El libro que se incita, y a la par te incita, a morir amablemente, no es un poemario de autoayuda, que es de agradecer, ni de aquellos que pretenden condicionarte (con una autoridad moral que, desde aquí, me precio a desconocer) a una fortaleza inusitada, demandando valles y quebrando torres. Las marcas de guerra no se han quedado entre mi ropa. Ya se sabe, yo soy quien insiste en ver la cara más amable de las cosas, incluso en la dureza del rigor de la muerte. Carlos dice que pertenece a una generación de duda permanente, y puede que lo sea, y tal pronóstico  alcance a la siguiente década. La posmodernidad fue quizá una posé, en mi pelo platino y mis guantes de piel agujereados. Siempre en duda permanente, sin lecciones, y sin mayores retos que vivir, que ya es demasiado.

      No es que seamos una mierda, es que hemos enseñado a los otros- y a nuestra jodida sombra- a exigir demasiado.

 

 

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